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Mariposa [Por Errante]

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Mariposa [Por Errante]

Mensaje por Errante el Lun Mayo 07, 2012 5:49 pm

Hola a todos (Lo primero siempre es saludar, porque soy una chica educada y tsundere, y quiero aparentar que tengo buen carácter). Quiero mostraros uno de mis relatos, que no tiene que ver nada con ninguna serie ni ninguna película. Es una de mis creaciones propias (una de hace ya un año y medio). ¡A ver qué tal me valoráis! Es un poquito largo, pero todos los que lo han leído dicen haber acabado muy emocionados...A ver si os podéis resistir.

Y sin más dilación...

Spoiler:
...TONTO, ES EL DE ABAJO. (Tenía que hacerlo) <3

Spoiler:

Mariposa

La primavera siempre adorna los árboles con sus colores. Para mí, los colores eran como los milagros. Sucedía simplemente, sin preaviso, era imposible asegurar qué día comenzarían las rosas a florecer, ni cuándo las primeras manzanas madurarían. El mundo exterior se movía, incluso yo me movía, mientras ella continuaba allí, aislándose del mundo, con su cuerpo extendido sobre la cama, los labios mustios entreabiertos, como si nunca hubiese llegado a decir eso que tanto ansiaba poder pronunciar. Veía las horas pasar sentado a su lado, entrelazando sus dedos con fuerza para intentar, en vano, acelerar su recuperación. Hoy, la Primavera nos regalaba un uno de mayo caluroso. Yo me encontraba apoyado contra la pared, con sus dedos entre los míos, oteando el horizonte y el paraje que rodeaba el centro médico donde la habían ingresado.
-Abriré la ventana unos minutos, ¿te parece bien?
Después de hacerlo, observé cómo los rayos del sol se posaban sobre su rostro, iluminándolo por completo, otorgándole a sus mejillas cierto colorido gracioso y que iba a la perfección con sus facciones infantiles y orondas. La dejé sola durante unas horas. Las justas para hablar con el especialista sobre su estado. Al parecer, no había buenas noticias, o, al menos, no ninguna relevante. Escuché sin apenas intervenir en los diagnósticos del doctor y esperé sus recomendaciones, esperanzado. “Hable con ella, Diego. Que sepa que usted está ahí para apoyarla en todo momento. Abrácela si es necesario. Que no se sienta sola. Tal vez lo único que necesite para despertar sea su amor y nada más. Los comas son algo que para los científicos aún resulta un misterio”, eso fue lo que me dijo. Y yo, obediente, me alejé del despacho del hombre, de vuelta a la habitación donde se hallaba ella. Besé su frente para desearle buenas noches, me recosté a su lado en la cama y me quedé dormido alrededor de la una de la madrugada. Me había olvidado de cerrar la ventana.
A las ocho de la mañana en punto, el despertador de mi teléfono móvil anunció la llegada del nuevo día. Un día más tachado en el calendario. El sol sólo manchaba sus piernas, profiriéndole cierto aire oscuro al resto de su figura. Mantenía aún la misma expresión de siempre, serena. Ese dos de mayo comenzaría entonces mi travesía a través del recuerdo.
-Me acuerdo del primer día que te vi. Estabas tan guapa con ese lacito verde en el pelo…-murmuré, sonriendo ampliamente, acomodándome en uno de los sillones de la estancia, con un café entre las manos.- Tú no te diste cuenta, pero durante todo el recreo estuve observándote, admirando tu belleza natural, rodeada de tanto artificio. Creo que eras lo único en ese día que me profería cierta tranquilidad, pues siempre me había asustado el bachillerato a causa de los comentarios de unos amigos con respecto a este. Despreocupado y sin conocer el amor vivía yo hasta que te vi. Creo que fue eso del amor a primera vista. Las chicas soléis creer que todo está predestinado, como si un duende mágico antiguo lo hubiera dejado todo escrito en un viejo pergamino al que llamaron Destino. Nunca pensé que esa fantasía pudiera ser cierta. Después de que sonara el timbre, entramos en las aulas y, con gran sorpresa por mi parte, también estabas en la mía. Entonces, sin pensarlo dos veces, llegaste buscando un lugar donde sentarte, descubriendo que no conocías a nadie. Viste al chico de la última fila que apoyaba su espalda contra la pared, alejado de los demás, mirando por la ventana. Te sentaste a su lado y le saludaste alegre, presentándote después. Lo que no sabías es que ese chico era el mismo que te había estado observando en el patio del recreo mientras contabas chistes y te comías un sándwich: yo. Y te saludé también, dedicándote una mirada que parecía no muy interesada en ti, al menos, eso quise aparentar. Y creo que lo conseguí. –tomé aire despacio. – Las semanas fueron pasando rápidamente, y, al final de la primera evaluación ya éramos como uña y carne. Nos unimos gracias a esas clases particulares que me dabas de latín por las tardes. Me sirvieron de mucho. ¡ Y tanto! Saqué un sobresaliente. ¿Te acuerdas? Comenzaste a saltar de alegría por mi calificación, y me abrazabas, y coreabas enloquecida mi nombre una y otra vez. Para celebrarlo te citaste conmigo en el auditorio. Era tu sitio favorito. Siempre me había resultado inquietante esa pasión que tenías hacia la música. Era puro amor incondicional. Me parecía algo inaudito que en nuestra generación, subyugada por las drogas, el alcohol y el fracaso escolar, existiera alguien que tuviera un mínimo de sentido común y madurez, expresada así en tu gusto por la música clásica y el jazz.
Mis palabras se vieron interrumpidas a causa de la alarma de mi móvil que, ruidosamente, me avisaba de que era hora de salir del mundo de los recuerdos y regresar al imperfecto mundo real, en el cual ahora mismo yo no sentía que tuviera un lugar en él. La miré por última vez ese día, memorizando sus facciones ovaladas y su piel aterciopelada paseando las yemas de mis dedos sobre su rostro lentamente. Sonreí apenado porque debía dejarla sola hoy. Mañana tenía clase, y ya llevaba una semana entera faltando. No podía permitírmelo o en el tercer trimestre me quedarían cuatro como mínimo. Marqué su naricilla con mis labios y me marché de allí rumbo a mi casa. Esa noche, también dejé la ventana abierta, y el aire, cargado de partículas ardientes, invadía así la habitación al completo.
El tres de mayo amaneció cubierto de nubarrones negros enormes. No cogí paraguas porque no lo creí necesario. En el instituto, todos me miraban con cierto atisbo de compasión y yo, frío y duro, como siempre, ignoré sus comentarios y sus actos. Yo sólo quería asistir a mis clases, escuchar, tomar apuntes y volver al hospital cuanto antes. Y eso fue lo que hice. Cuando el timbre sonó indicando el final de la jornada, recogí lo más rápido que pude y salí del centro casi a la carrera, para así evitar las preguntas de profesores y alumnos, que me resultaban tremendamente estresantes e incómodas, así como inapropiadas.
Llegué a su habitación sobre las cuatro de la tarde, después de comer y hablar con el doctor para que, nuevamente, no hiciera más que repetir lo mismo de siempre: “no hay mejoras relevantes”. Suspiré acomodándome en uno de los sillones a su lado, tomándola la mano, como siempre. ¿Qué otra cosa podía hacer?
-Hoy tengo que irme antes. Debo hacer los deberes. He vuelto al instituto después de unas semanas sin aparecer por allí. Tenía contentos a los profesores.- repuse, con ironía.- Tenía muchas ganas de volver a verte. La verdad es que las horas se hacen eternas si no estoy junto a ti.
Me levanté y fui a por el café que había dejado sobre la mesa que se encontraba justo a la derecha de la puerta de entrada y lo llevé bien sujeto entre mis manos de vuelta al sofá conmigo. Tomé un sorbo. Hoy estaba demasiado espeso para mi gusto, y frío. Gruñí, desesperado. Pequeñas gotitas de lluvia se colaban a través de la ventana, perlando el suelo sutilmente, como si éste estuviera compuesto por finísimas fibras de diamante. Entonces, decidí que era el momento del regreso a la tierra olvidada del recuerdo. Deslicé mi cuerpo hacia delante en la silla, juntando mis manos frente a las piernas.
-El auditorio se hallaba soberbiamente ornamentado con todo tipo de flores hermosas, como las rosas y el iris, que llenaban el ambiente con un suave y tierno aroma a primavera tan anhelado en ese invierno frío y austero. Tú me entregaste entonces una entrada para la actuación que comenzaría minutos después de nuestro encuentro. Sonreíste tan ampliamente que mi corazón dio un vuelco, y miré el ticket, leyendo rápidamente la información que contenía: Turandot, Puccini- Estreno el 1 de enero. El precio había sido minuciosamente borrado para así impedirme saber cuánto había costado. Como agradecimiento, sólo supe pronunciar un tímido “gracias” y observar lo que ahora tu mano enredaba en mi muñeca: una pulsera de plata donde podía leerse mi nombre y el nueve que había sacado en latín aparecía reflejado justo al lado. Te abracé fuertemente sin apenas percatarme del gentío que ahora se adentraba en el auditorio y te cubrí con mis brazos mientras la gente se acomodaba en sus asientos y, hasta que no se alzó el telón, no me detuve.
"Fue la primera obra de música clásica que escuché y me gustó. La verdad es que me resultó impactante la potencia de voz del tenor de la obra y la belleza con que interpretó el Nessum Dorma fue increíble. Nunca me había preguntado por qué lo que es clásico, nunca cambia. Y ahora sé por qué. La gente necesita nadar en el pasado hermoso para recrear lo hermoso en su actual presente. "
"Se me ocurrió pensar que con ese regalo tú querías decirme algo más. Lo interpreté como un símbolo, un signo de que me querías, de que tal vez este chico fracasado que tienes ante ti tuviera una oportunidad contigo. Contento por mi suerte, al volver de vacaciones al instituto, todo iba a pedir de boca y, poco a poco, sentí cómo mis lazos contigo poseían cierto componente químico electrizante y atrayente. El hombre, como hombre ya de por sí ama la carne, pero si esa carne le gusta, es mucho mejor. En esos días yo ya no podía exigirme a mí mismo que pasara un día sin abrazarte al acabar cada día lectivo, que pasara un día sin llamarte cuando la luna aparecía para desearte buenas noches. No era capaz de ocultarlo por más tiempo y sucedió. "
El reloj ya marcaba las seis.
-Es hora de volver a casa.- repuse con cierto tono de amargura en mi voz. Era notable también cierto atisbo de dolor y angustia. Me eché la mochila al hombro y salí de la habitación dejando su ventana abierta, como había tomado costumbre hacer últimamente. Atravesando el pasillo, me crucé con su padre. Intercambiamos unas miradas recelosas y cada uno proseguimos nuestro camino, uno hacia la habitación de ella, otro a casa.
El cuatro de mayo no fue distinto del día anterior. Aún el cielo seguía cubierto de nubes, pero, esta vez, eran más oscuras. Tomé un paraguas y me dirigí hacia el instituto, sufriendo una vez más ese acoso por parte de las miradas de mis compañeros y profesores. Mi examen de literatura fue un fracaso total. Pero eso no me importaba, relativamente. Me quedé a comer allí, en la cafetería, apartado de todos, que cuchicheaban sobre mí. Cansado de soportar aquello, tomé mi bocadillo de tortilla y me marché de allí, poniendo rumbo al hospital. Una vez en él, inauguré mi visita manteniendo una charla con el doctor, que concluyó con la misma frase de siempre. La inexpresividad con la que hablaba me ponía de los nervios. Agradecí salir de ese despacho. Aspiré el aire del pasillo, cargado de esencia a alcohol y entré en su habitación, dispuesto a contarle el final de todo. De nuevo, mi viaje hacia el recuerdo, un recuerdo ya reciente, de hacía apenas tres meses, se alzaba ante mí, sin darme lugar a huir o apartar la mirada. Era ahora o nunca.
-Bien, comencemos…-murmuré. Estas palabras fueron seguidas por un espacio de silencio entre una frase y otra. Despegué mis labios para empezar a hablar.- El día 25 de enero te invité al café que siempre frecuentábamos, diciéndote solamente que debía hablar de algo contigo. Quedamos a las ocho en punto fuera, en la puerta, junto al semáforo que había justo en frente de la puerta del local. Estaba como loco y no sabía qué ponerme ni cómo peinarme. Al final me decidí por un jersey negro discreto, unos pantalones vaqueros desgastados y mis converses rojas como calzado. En cuanto al peinado…decidí no tocarme el pelo, al menos, no demasiado, así que dejé al aire moldearlo a su gusto mientras me dirigía hacia el lugar de encuentro. Me detuve en el camino en una librería. Compré ese ejemplar que tanto te gustaba sobre Mozart, que además incluía un CD y unas partituras en su interior que podrías interpretar en tu piano. Yo desconocía el paso del tiempo mientras compraba, así que, al regresar a la acera y mirar la hora en la pantalla de mi teléfono móvil, ahogué un grito y comencé a correr rumbo a mi destino principal. “Espero que no se enfade mucho”, pensé, aproximándome cada vez más, con la respiración agitada y el pulso por las nubes. Entonces vi la muchedumbre que se agolpaba justo en frente del café. La sirena de la ambulancia retumbaba en mis oídos. Pronuncié tu nombre varias veces, llamándote. Pero no obtuve respuesta. Me asusté. Me abrí paso entre la gente, sin dejar de clamar tu nombre a voces, desesperado. Escuchaba voces a mi alrededor: “Si, una chica joven”, “qué lástima”, “parecía estar esperando a alguien…” Sin aire, conseguí llegar al foco de tanto alboroto. Sobre la acera se hallaba un extenso charco de sangre y, sobre éste, un pequeño lacito verde. Me tapé la boca con las manos, sin saber cómo reaccionar. Así permanecí allí durante un tiempo, no sé si fueron horas, minutos o unos simples segundos, pero se me hicieron eternos. Una sensación de repugnancia hacia mí mismo dominó mi corazón. Asustado, confuso y desorientado, me encaminé hacia el hospital. Este mismo donde ahora te encuentras.- mi lengua recorrió mis labios, mojados por las lágrimas que habían ido surgiendo de mis ojos conforme el relato avanzaba. Ahora mi voz parecía afligida y asustada, pues no cesaban de temblequear mis palabras.- Tus padres estaban en el pasillo y, al verme, pude vislumbrar sus ojos, en los cuales se reflejaba el odio, la preocupación, el miedo y el cariño. Hinqué mis rodillas en el suelo y en cuestión de milésimas, me vi llorando, desconsolado, como un niño indefenso que ha perdido su piruleta, sólo que este niño había perdido la esperanza. “Yo no…fue por mi culpa…No llegué a tiempo a nuestra cita. Era a las ocho en punto, se me pasó el tiempo, soy un completo imbécil. Si yo hubiera llegado antes esto no la hubiera pasado. No puedo soportar el dolor…me oprime el pecho…no puedo respirar…” fue todo lo que dije, con la mirada perdida en los azulejos blancos de la pared, que se nublaban cada vez más.
"Cuando te diagnosticaron el coma, tu padre me ordenó que no viniera más a verte. Que no quería que te volviera a hacer daño. Ese mes fue el más duro de mi vida. Me encerré en mi habitación. No comía. No dormía. Sólo podía lamentarme por mi falta de escrúpulos."
"Pero, como puedes comprobar, no le hice mucho caso a tu padre. Por eso ahora estoy aquí contigo.- coloqué mi mano sobre su mejilla, dejando caer alguna pizca de mi dolor sobre su rostro, provocándole un brillo marino especial.- Lo siento, Lucía. Nunca tuve que hacerte eso. No sé por qué ese fantástico duende que me había unido contigo, ahora quiere separarnos. No me dejes…No quiero que te olvides de mí. Yo seguiré recordándote. Seguiré dejando mi ventana abierta para que puedas entrar en mi habitación…"
Un pitido prolongado proveniente de las máquinas que la rodeaban inundó por completo mis oídos. Los segundos que siguieron a eso fueron sin duda los más largos que he pasado. Su vida, tan frágil, se apagaba, y yo no era capaz de devolverla a la vida. En un momento, la habitación se llenó de médicos entrando y saliendo a toda prisa. Yo los miraba. El tiempo corría a través de mí y sentía el increíble dolor que recorría cada una de mis venas. El hecho de no haber podido hacer algo por Lucía me da rabia. Es como si no fuera un buen amigo.
-No tenemos nada que hacer.- y desenchufaron la máquina.
No pude soportarlo y besé sus labios con suavidad y bebí de ellos como se bebe de un muerto. Aquellos labios que antes me habían parecido cerezas maduras, ahora se asemejaban al hielo, duro y frío. Una mariposa traspasó el umbral entre el exterior y la estancia. Se posó sobre mis lágrimas y libó su néctar con ansia, hambrienta. El animal lucía sus alas opacas con soberbia. Las mariposas recolectan belleza.

Y la belleza sólo es símbolo de vida.


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Re: Mariposa [Por Errante]

Mensaje por Mily Giselle el Jue Mayo 31, 2012 12:56 am

*llora intensamente** waaaa que hermosaa me encantooo ;__; me encantoo ¡¡¡¡

pero que le paso a Luciaa ¿la atropellaron o que?? o estaba tan metida en la historia que no note ese detalle :c

muy buena te felicitoo sigue escribiendo asi



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Re: Mariposa [Por Errante]

Mensaje por Errante el Jue Mayo 31, 2012 3:35 pm

Exactamente...la atropellaron y entró en coma... Una historia un tanto triste, la verdad xDDDD

¡Gracias! Me alegra que alguien la leyese, gracias de nuevo~~


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Re: Mariposa [Por Errante]

Mensaje por Mily Giselle el Jue Mayo 31, 2012 11:59 pm

Jjejeje noo gracias a ti por ponerlaa *bien traumada* jajajaja

Si tienes otra no dudes en subirlaaaaa *super fan^*


saludoos



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Re: Mariposa [Por Errante]

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